El Complejo de Frankenstein: Del Pánico Victoriano a la Inteligencia Artificial
En 1818, Mary Shelley publicó Frankenstein, una obra que, más allá del terror gótico, exploraba el pánico profundo hacia la capacidad de la tecnología para desafiar el orden natural. "¿Por qué fabricaste un monstruo tan espantoso que incluso tú mismo te apartaste horrorizado de mí?", le recrimina la criatura a su creador.
Curiosamente, esa pregunta no solo resuena en la literatura. Es la misma pregunta que el diseño gráfico se ha hecho a sí mismo cada vez que una nueva tecnología entra por la puerta del estudio.
El Primer Monstruo: La Letra Deforme (Siglo XIX)
La historia del diseño nos recuerda que no somos los primeros en sentir que "todo se rompe". Tal y como apuntan los historiadores, "como el científico desquiciado de la novela de Mary Shelley, los diseñadores de tipos comerciales del siglo XIX distorsionaron el estado natural de las letras y provocaron la alarma de los tradicionalistas".
Aquellos tipógrafos, empujados por la Revolución Industrial y la necesidad de vender, estiraron, engordaron y deformaron la tipografía clásica para crear las primeras fuentes de publicidad. Para los puristas de la época, esas letras eran aberraciones; monstruos ilegibles que mataban la belleza de la caligrafía humanista. Sin embargo, sin ese "crimen" estético, hoy no tendríamos la riqueza visual moderna.
El Segundo Monstruo: El "Apocalipsis de Escritorio" (Años 80)
Saltamos casi dos siglos en el tiempo. El olor a tinta y el sonido del bisturí cortando papel fueron interrumpidos por un zumbido eléctrico: había llegado el ordenador personal.
Si las letras del XIX asustaron, la llegada de la autoedición en los años 80 aterrorizó. La aparición del Macintosh y programas como PageMaker fue vista por muchos no como un avance, sino como una vulgarización del oficio. Se temía la "muerte del artesano".
Fue la era del caos visual. La facilidad técnica permitió el infame "Efecto Nota de Rescate": cualquiera podía mezclar veinte fuentes, distorsionar imágenes y romper retículas con un solo clic. Los maestros gritaron al cielo: "¡El ordenador ha matado al diseño!". Pero el tiempo demostró que el ordenador no era el asesino, sino un exoesqueleto. Aprendimos que el comando Deshacer (Ctrl+Z) era la herramienta creativa más potente de la historia y que el píxel ofrecía una precisión que la mano humana jamás podría igualar.
El Tercer Monstruo: La IA y la Nueva Era
Hoy, el espíritu de Victor Frankenstein ha vuelto a entrar en la sala. Pero esta vez no trae tipos de plomo ni un ratón beige; trae algoritmos generativos.
La Inteligencia Artificial ha despertado la misma alarma ancestral. Vemos plataformas que prohíben imágenes generadas por IA y diseñadores que sienten que su identidad está amenazada por una máquina que "alucina" resultados en segundos. Volvemos a ver la tecnología como una distorsión "espantosa" del proceso creativo humano.
Sin embargo, estamos cruzando el umbral de la aceptación. De la prohibición inicial estamos pasando a la reivindicación. Cada vez más profesionales entienden que la IA no viene a reemplazar al diseñador, sino a liberarlo. ¿Podría ser…?
Donde antes veíamos amenaza, hoy podríamos ver iteración rápida.
Donde veíamos falta de alma, hoy podríamos ver una herramienta para prototipar que nos permite fallar cien veces en un minuto para encontrar la solución brillante.
Domesticar a la Bestia
La lección que nos deja esta cronología del pánico —desde las letras victorianas hasta ChatGPT— es que el monstruo nunca es la tecnología. El "monstruo" es nuestro miedo al cambio.
La tecnología siempre distorsionará el "estado natural" de las cosas porque el diseño es, por definición, artificial. Nuestra tarea quizá no sea levantar muros contra la IA, ni añorar los tiempos del pegamento de montaje (que el pegmento sigue estando ahí, no se ha ido), sino educar a las nuevas herramientas. Al final, el Dr. Frankenstein falló no por crear, sino por no hacerse responsable de su creación. Nosotros, como diseñadores, tenemos la oportunidad de escribir un final diferente: uno donde la creadora y la máquina diseñen juntas.