Nutrirse o parasitar: las dos formas de tomar de los demás

Hay una mentira cómoda que circula por el mundo creativo: que todo está inventado, que nada es original, que copiar es inevitable porque al final todos bebemos de lo mismo.

Es media verdad. Y las medias verdades son las más peligrosas, porque sirven de coartada.

Sí, todos tomamos de fuera. El que dice crear desde el vacío miente o se está engañando. Pero hay dos maneras muy distintas de tomar de los demás, y confundirlas a propósito es la estrategia favorita de quien no quiere mirarse de frente (como ese espejo en el que tanto miedo tenia de verse Atreyu).

La diferencia no está en lo que tomas. Está en lo que devuelves.

Una planta toma del suelo, del agua, de la luz. No le debe una disculpa o explicación a nadie por ello. Pero lo que toma lo transforma en algo que antes no existía: una flor que es sólo suya. Devuelve al mundo más de lo que extrajo.

Una sanguijuela también toma. Se adhiere, succiona y se va. Pero no transforma nada. Lo que sale de ella es exactamente lo que entró, solo que ahora circula con otro nombre.

Las dos se alimentan de algo externo. Pero una crea y transforma y la otra sólo redistribuye. Y no, no es lo mismo, por mucho que insistan en que «las ideas son de todos».

Todo se decide en una sola fase

El proceso creativo sano tiene tres tiempos.

Absorber. Aquí no hay vergüenza posible. Leer, mirar, dejarte contaminar, admirar hasta la envidia sana. Toda voz propia empieza siendo un coro de voces ajenas. Esto es legítimo y necesario.

Digerir. Este es el tiempo invisible, el que no se ve en redes ni se puede acelerar. Es dejar que lo que absorbiste pase por tu historia, tu visión de las cosas, por tus heridas, tus experiencias, valores… por tu manera particular de mirar el mundo. Es donde lo ajeno se vuelve sustancia personal. No tiene atajos.

Transformar. Lo que sale ya no se parece a lo que entró. Alguien que conozca tus referencias podrá rastrearlas, pero nunca dirá «esto es de mengana». Dirá «esto eres tú».

El parásito conoce la primera fase y desconoce la tercera. Y la razón está, siempre, en la del medio: se salta la digestión. Toma y replica. Pero sin digestión no hay transformación, y sin transformación no hay voz propia. Sólo eco o reflejo con el volumen subido.

La pregunta entonces no es por qué copia... Es otra, más incómoda: ¿por qué hay personas que no pueden digerir?

La clave: un yo flexible frente a un yo rígido

Aquí está el centro de todo.

Digerir exige algo muy concreto a nivel psicológico: tolerar el no saber. Dejar que algo ajeno entre en ti y te modifique, lo cual significa ceder el control por un rato, admitir que aún no tienes la respuesta, permitir ser cambiado. Eso sólo puede hacerlo un yo flexible: permeable, capaz de equivocarse, capaz de no saber, de escuchar y lo más importante… empatizar.

El yo rígido no puede. Es el que tiene que controlar, acertar siempre y no ser visto fallando. Su membrana está cerrada: nada genuino entra a transformarse dentro, porque dejarlo entrar sería admitir que había un hueco que llenar. Y admitir el hueco es justo lo que no se permite.

Esa es la frontera. No pasa por el talento, ni por la inteligencia, ni por las horas de trabajo, la vulnerabilidad y los errores. La gran pregunta: ¿puedo pasar abriendome sin sentir que me deshago, o necesito blindarme para seguir en pie?. El que se abre, digiere y transforma. El que se blinda sólo puede tragar entero y regurgitar.

El ego cree que te protege, pero te mata de hambre

Por eso la cabezonería y el parasitismo van juntos, no separados. Quien «siempre tiene razón» y «no se deja ayudar» tiene la misma membrana cerrada que le impide crear. Y aquí está lo más fino: no dejarse ayudar y parasitar a otros son el mismo mecanismo. Necesita a los demás desesperadamente, pero no puede reconocer la necesidad. Así que no pide por la puerta de delante, porque eso sería vulnerabilidad, y toma a saco por la de atrás, sin pedir y sin nombrar. Copiar es necesidad que se niega a sí misma como necesidad.

La grandiosidad, en el fondo, no es lo contrario de la inseguridad. Es su disfraz. Y tiene un precio cruel: la misma armadura que te protege de la humillación te protege también de todo lo que la creación necesita para existir. El ego cree que defiende al yo. En realidad lo deja sin comer.

Winnicott lo nombró con una distinción preciosa: el falso self y el verdadero self. El falso self es la fachada construida para complacer o protegerse; puede ser funcional, brillante, hasta admirable. Pero la creatividad vive únicamente en el verdadero self, el núcleo espontáneo. El falso self no crea porque no está en contacto con esa fuente: solo puede actuar, repetir, tomar prestado. Muy performativo, siempre con razón, aparentemente seguro. Y sin embargo incapaz de generar nada propio.

Conviene un matiz, para no malinterpretar: no se trata de tener ego o no tenerlo. Los grandes creadores suelen tener egos robustos. La diferencia es si el ego sirve al yo o lo encarcela. Un yo flexible usa su confianza para atreverse a no saber. Un yo rígido usa su confianza para no tener que mirarse nunca.

Qué le pasa al final al parásito

No le pasa una desgracia. Le pasa algo peor, y mucho más justo: queda condenado a depender para siempre de encontrar de quién alimentarse. Porque por sí solo no produce nada. Su talento es el radar para detectar el talento ajeno.

El que copia se lleva el fruto, pero no el árbol. Y el árbol sigue dando frutos donde siempre estuvo.

Ahí está la justicia poética del asunto, y no hace falta que la administres tú. No tienes que vigilar, ni denunciar, ni gastar energía fiscalizando lo que el otro hace con lo tuyo, eso sería seguir alimentándolo, ahora con tu atención. Solo tienes que seguir haciendo lo único que el parásito no puede hacer: digerir, transformar, ser quien eres.

Nutrirse es un acto de generosidad: tomas del mundo y le devuelves algo nuevo. Parasitar es un acto de miedo: tomas del mundo y sólo le devuelves su propio reflejo con tu firma encima.

La buena noticia (la que de verdad importa) es que tú eliges en qué orilla del río te vas a quedar. Y desde la orilla del que crea, la sanguijuela ni siquiera es una amenaza. Es solo una prueba más de que había algo vivo de lo que valía la pena alimentarse.

Anterior
Anterior

Diseñar para sostener la atención, no para secuestrarla

Siguiente
Siguiente

El Complejo de Frankenstein: Del Pánico Victoriano a la Inteligencia Artificial